
"...comprendí la vida durísima del que tiene que trabajar ocho o diez horas diarias usando sus brazos, su fuerza física, y después no le queda tiempo ni curiosidad para leer ni educarse, ni para ir a un espectáculo, y lo unico que le provoca es quedarse a dormir. Me di cuenta que era una situación despiadada y sin salida, que los trabajadores en nuestro mundo llamado libre estaban como exonerados de porvenir..."
Julio Ramón Ribeyro
-¡Ay joven, cuanto viento! ¡Ojala el aire no se lleve mi techo! -exclama llorosa la dueña de la minúscula bodega que visito. Se lleva asustada las manos a la boca y mira al cielo por todas partes, desesperada, como buscando al Dios invisible e indiferente a sus ruegos.
El viento sopla con violencia, levantando una densa polvareda y cuanto desecho encuentra a su paso: bolsas de chizitos, hojas de periódicos amarillentas y sobre todo, tierra muerta. En los cerros de Ventanilla y Zapallal, los remolinos son cosa de todos los días. A pocos metros una calamina, un plástico azul y una muñeca vieja salen disparados por la fuerza de la ventisca dejando una casucha huérfana de cubierta. Pasado el remolino la vida sigue igual.
-Dígame joven, ¿en que puedo servirlo? -me interrogó la mujer, repuesta ya del susto del remolino.
-Buen día señora, mi nombre es Fulano de Tal, y soy su nuevo vendedor de cerveza Franca -respondo-, estoy reemplazando en la zona al señor Francisco de la Cruz.
-¡Ay joven, ese señor es un renegón –contesta la mujer-, cuando no deseo comprarle su cerveza se pone exigente y pesado, hasta se da el lujo de hacerme mala cara. Ya estoy harta de todos los vendedores.
-¿Verdad señora? uhm, no es usted la primera persona que dice eso –tengo que seguirle la corriente. Sin embargo, me siento alarmado, pues compruebo que es una clienta difícil.
-Claro que si joven, ¿lo ve? no soy la única persona que piensa eso. –insiste-, ¡No sé como la empresa contrata gente tan maleducada!
La mujer sigue hablando del ex vendedor despachándole adjetivos a granel: renegón, viejo, cansado, aburrido y cosas por el estilo. Sus gestos le dan tanta convicción y gracia a sus palabras que no puedo evitar reír y unirme al chisme.
-Si señora, el tío Pancho es así -empiezo a hacer leña del árbol caído-, por eso en la oficina lo llamamos el estreñido.
-Jajajaja… es verdad –ríe la señora- el viejo ese siempre anda pujando.
-Le cuento que ayer, debido al calor infernal que hizo, llegó escaldado de la zona –le pongo al corriente de los hechos del día anterior-, ¿se lo imagina verlo llegar caminando como todo un vaquero?
-Jajajaja… ay joven, usted es más malo que yo -seguía riendo la clienta.
Por fin el hielo se había roto, con la empatía conseguida, ahora no sería tan imposible arrimarle unas cuantas cajas de mi producto.
-Ahora, ¿no me va a decir que pretende que le compre su cerveza? -recalcó la mujer volviendo a su seriedad-, no quiero saber nada de la Franca.
-Señora, la cerveza es muy buena… aparte de económica –argumenté.
-¡Puede ser buena y todo lo que quiera, pero aquí todo el mundo pide Cristal! No deseo comprar un producto para tenerlo guardado –lanzó el comentario a modo de reto.
-Tiene razón señora… ahora ¿puede venderme una Coca Cola? –respondí. Cuando justo acababa de poner el destapador en la chapa de la botella y tirar de él cambié de opinión-. ¡Señora mejor déme una Inca Kola!
-¡Ay joven, ya la destapé… ahora se la toma! ¡Ni modo que la deje destapada! –respondió.
-Está bien señora, pero… debería hacer lo mismo con la Franca, con mi producto usted gana más –me aventuré a sugerirle.
-¡Jajajaja… pero que terco es usted joven! –volvió a reír-. Además, aunque quisiera, no tengo dinero para recibir ningún pedido.
Tenía que pensar rápido, prácticamente, la venta se puso en bandeja de plata.
-¡Ay señora! ¿Por qué tan pesimista? -continué- Tiene un negocio muy atractivo. Además, ¿que le hace pensar que hoy día no puede vender muy bien y lograr el dinero para recibir mi producto? Veo que tiene una bonita exhibición de toallas higiénicas, he caminado por toda la zona y me he topado con más de diez parejas de adolescentes en arrumacos y coqueteos. Habiendo pasado a más de veinte días de celebrar el día de San Valentín… ¿no cree que esas toallas higiénicas que usted vende, pueda ser lo que más deseen comprar esas jovencitas? …vamos, no sea tan pesimista.
-Jajajaja… además de terco, es usted malpensado y jodido –contestó la clienta, esta vez riendo de nuevo.
-No señora… yo solo digo –respondí, poniendo cara de tonto.
El calor iba en aumento. Me hice a un lado a beber mi Coca Cola y pronto la bodega empezó a llenarse. Una señora gorda se llevo un kilo de pollo, un caballero pidió los abarrotes para toda la semana y una jovencita preguntó por un tipo de Alway’s. La dueña de la bodega me miró de reojo y sonrió a escondidas, meneando negativamente la cabeza. Una vez que el negocio le dio un respiro se dirigió de nuevo a mí.
-Está bien, está bien –me dijo, apurada- mándame para mañana cinco cajas de Franca.
Esta vez me tocó reír a mí.
A pesar que el mundo de las ventas esté lleno de experiencias y anécdotas valiosas, debo reconocer que a menudo nos pasa a los vendedores lo que arriba escribió Ribeyro. Y eso es lo que me ha mantenido este tiempo alejado de mi afición blogueril... llegaba tan cansado a mi casa que más de una vez me quedé dormido apenas encendí el computador... ¡Que gusto me da poder leerlos de nuevo!
El jovencito de este video me hace recordar mis primeros dias de vendedor
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