La alegría de Luís no era injustificada. Gracias a este ascenso dejaba atrás aquellas jornadas interminables, de más de catorce horas, sentado frente al computador. Presa de una agobiante rutina, con el culo aplastado, adormecido y sudoroso, programaba todo el movimiento de la empresa: recibos de mercadería, despachos de la misma, facturaciones, liquidaciones, programaciones de carga, inventarios, mermas, planes de ventas… toda una infinidad de cosas. El trabajo era pesado y tedioso, más aún por las tardes, cuando al sopor post refrigerio se le sumaban las bromas de todo el cuerpo de vendedores, que llegados en avalancha, no mezquinaban pretextos para reír a costa de su mal disimulada candidez.
-Oye Pela’o, necesito que me saques un reporte de los clientes que este mes no me han comprado tal producto –le decía Iván Gomero, uno de los agentes vendedores mas antiguos de la empresa- ¡Pero rápido… para ahora mismo!
-¡Pela’o sácate las proyecciones de sueldo! –terciaba Percy Rodas-, mañana voy salir con tu hermana.
Las risas de todo ese grupo de bárbaros encorbatados, estallaban al interior de la oficina, con el mismo escándalo y desenfado con que podrían darse en cualquier cantina de mala muerte. Luís reía con disimulo. Hubiese sido peor que mostrara algún tipo de resentimiento, pues eso excitaría más la sorna de aquella pandilla de mordaces trabajadores, pero muy dentro de él se forjaba un terrible encono y pensamientos malignos.
Desde hace mucho tiempo, en sus escasos ratos de ocio, Luís fantaseaba imaginando ser ascendido y puesto al mando del cuerpo de ventas de la empresa. Su mente volaba tejiendo mil proyectos, todos ellos dirigidos a un fin supremo: hacer de la Distribuidora Acuña, la empresa número uno en la distribución de productos alimenticios de Lima, y por ende, a él, en el mejor supervisor de ventas de todo el país.
-Si yo fuera supervisor, echaría de una patada en las cuatro letras a más de la mitad de los vendedores. Aquí lo que falta es disciplina –empezaba su monólogo-. Jorge Montero llega demasiado tarde de la zona… lo más probable es que se largue a su casa a dormir en horas de trabajo; Carlos Romano llega muy temprano… seguro no completa la totalidad de su ruta; Reynaldo Castilla es muy quejón y muevegente… es quien alborota el gallinero; Sixto Canales es demasiado tímido… para las ventas hace falta ser más comunicativo. ¡Ay carajo!, hasta puede ser que de repente, con echar a uno solo de ellos a la calle, el resto entre en vereda… ¡si yo fuera supervisor las cosas serían diferentes!
Luego de estas meditaciones Luís volvía a su trabajo con una pícara sonrisa dibujada en sus labios. Recordaba la aventura que la noche anterior tuvo con la chata Dora (la viuda que traía el almuerzo para los almaceneros) y las nalgadas que disimuladamente, desde hacía algún tiempo, propinaba a Elva (la asistente de contabilidad). Meneando la cabeza repetía con alegría: “¡A culiar… a culiar… que el mundo se va acabar!”
“…Por su eficiente desempeño en el área de sistemas y programación de nuestra querida empresa; por su desinteresado y sacrificado apoyo a la causa del engrandecimiento de esta, nuestra Distribuidora Acuña; por ser la persona que día a día ha sabido ganar la confianza y aprecio de todo el personal de nuestra empresa; por estas y otras muchas razones… es para mí un placer, en nombre de la gerencia, realizar un acto de enorme justicia ascendiendo al cargo de supervisor del área de ventas a Luís Zuloeta, ascenso del que estamos seguros, jamás nos arrepentiremos de haber promovido…”
Las palabras de Félix Acuña, gerente de la distribuidora Acuña, se oyeron en todo el patio de carga y descarga de la empresa. Era el momento protocolar de la reunión de esa noche, y allí mismo, antes de servir la parrillada y los vinos de ley de la cena, se dio formalmente la noticia del ascenso de Luís. Los vendedores se interrogaban unos a otros con la mirada. Unos reían, otros se preocupaban, y alguno por allí, haciendo gala de indiferencia, murmuraba que la noticia en verdad le llegaba al pincho.
- ¡Chucha… la cagada! –Percy Rodas empezaba a arrepentirse de tanto haber jodido a Luís-. Caballero nomás, habrá que darle su lugar al Pela’o.
- Dictadorcillo de mierda… -comentaba en voz baja Gerardo Acuña, hermano del gerente, que tenía mucha afinidad con el cuerpo de vendedores-. A cuidarse muchachos, ese huevón de Lucho les va hacer la vida imposible.
- Jajajajaja… adiós borracheras de sábados por la mañana –Víctor Paitán le daba palmaditas en el hombro al grupito de vendedores que cada fin de semana se reunía luego del desayuno en una chingana que un bodeguero había acondicionado al interior de su negocio.
Pero si alguien era feliz, ese era Luís Zuloeta. Se paseaba airoso y orondo por todas partes. Coqueteaba con las vendedoras tratándolas de “mi amor” o “mi cielo”, les hablaba bajito al oído mientras trozaba con elegancia las chuletas de carne a la parrilla de sus platos, y se los daba a comer en la boca con ademanes cursis. Esa era su noche.
-¡Oye Lucho… salud! –Gerardo Acuña le alcanzaba al flamante supervisor de ventas una copa y una damajuana llena de un oloroso pisco sureño-, para que veas como te estimamos, prueba este pisco, ¡pero ten cuidado, no se te vaya a caer el hocico con este trago tan fino!
Luís bebió la quemante bebida fingiendo beneplácito. No le agradaba beber, al menos no tanto. Cada vez que bebía en exceso decía no recordar nada y exageraba dando explicaciones de tan rara forma de amnesia. No obstante, esta ocasión era especial. Había algo muy importante (para él mismo) que celebrar. Las copas rotaban con rapidez y poco a poco el licor le producía una sensación de extraño bienestar.
-¡Sssshalud! –su voz se tornaba gangosa, confusa e irreconocible-. ¡Ssshalud con todos compañeros! ¡Donde esta ese vino que me prometieron!
Cuando el viejo equipo de música de la empresa empezó a tocar ritmos tropicales Luís saltó sobre la pista de baile ensayando movimientos lujuriosos con una y otra de las chicas de la empresa. Saltaba sobre un pie y giraba despacito, una mano sobre la cintura y la otra arriba simulando ejecutar un solo de castañuelas y terminaba su exhibición dando un salto ridículo que había visto hacer en una parodia cantinflesca la semana anterior.
-¡A culiar… a culiar… que el mundo se va acabar! –empezó a gritar a golpe de las cuatro de la mañana mientras seguía su danza, justo cuando la mayoría de los concurrentes se despedían del resto para marcharse a sus casas, en el momento que se bajaban las luces y solo quedaban en la reunión las parejas cómplices, aquellas que compartían algún intercambio clandestino. Lentamente Luís se vio transformado por el licor y esa atmósfera provocadora. La temperatura de su cuerpo se iba calentando gradualmente y empezó a ver los mismos espejismos de cada una de sus borracheras: las voces que oía a su alrededor le parecieron susurros y las sombras que ahora veía pasar por su lado lo invitaban a dar rienda suelta a su yo sensual. Inesperadamente se abalanzó sobre un cuerpo. Con los labios entreabiertos buscaba con afán la piel de esa otra persona, aquella persona que cerraría con broche de oro una de las más importantes de sus noches, una acción heroica de la que ya era imposible abstenerse. Luís tomo aquella cintura y acercaba sus labios a ese rostro que empezaba a alocarlo, a desesperarlo. Cuando se encendieron las luces de nuevo Víctor Paitán miraba a Luís aterrado, confundido, no sabiendo que hacer. Solo hubo un testigo: el loco Omar, quien miraba la escena burlonamente, literalmente ...cagado de risa. En ese momento Luís supo por fin a quién despedir.
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