domingo 12 de agosto de 2007

ALAN AYER Y HOY... MONÓLOGO DE UN COLEGIAL ABURRIDO

Las apariciones de nuestro presidente cada día son mas graciosas. En mis tiempos no era tan divertido. De hecho, verlo la primera vez resulto ser una experiencia terriblemente aburrida. Era noviembre del año 84, si la memoria no me falla, y el candidato presidencial Alan García Pérez venía de visita al antiguo colegio donde cursara sus estudios primarios. Para tan digna ocasión sólo fuimos invitados los profesores y nosotros, los estudiantes que teníamos la infame tarea de ocupar los primeros puestos de cada clase. La visita estaba programada para las nueve de la mañana. Nos citaron a los alumnos desde las siete de la mañana para ensayar las marchas y pasos redoblados de ley, y más de uno había llegado a la cita con un desayuno apurado. Eran las once de la mañana y el ilustre visitante no llegaba. Cientos de alocadas madres de familia aguardaban en la puerta del colegio, esperando histéricas y emocionadas al buen mozo político que ya para ese entonces amenazaba convertirse en el próximo presidente de la republica. La espera proseguía mientras el calor se volvía insoportable. Mantenerse parado por más de cuatro horas en esa rígida formación escolar empezaba a causar estragos: mi amigo Humberto vomito huevos fritos; el gordo Ricardo se desplomó desmayado producto del ayuno que su madre lo obligó a pasar para evitar llegar tarde al acto; yo descubrí esa vez que el mar de camisas blancas resplandeciendo en el sol de mediodía (maldito Ariel blanqueador) me producía náuseas, mareos, pérdida de la visión y unas ganas terribles de encajarle un cabezazo en los testículos a ese político de porquería. A las doce con treinta minutos por fin llegó. Las madres de familia en la puerta gritaban alocadas como fans enamoradas, un batallón de guardaespaldas iba por delante y detrás del ilustre ex-alumno atropellando, empujando y pisando a quién se acercara demasiado. Una vez instalado en el apolillado estrado oficial del colegio, los alumnos sobrevivientes a la espera desfilamos delante de él, gallardos y marciales, con la expresa misión de levantar las piernas muy por encima del trasero del compañero que teníamos delante. La ceremonia se dio sin contratiempos. En su discurso, Alan García recordó a viejos maestros y antiguos compañeros. ¡Que aburrido!... por esos días debió haber tenido alguna cura del sueño o algo parecido pues no estatizó el kiosco de golosinas, no pateó a ningún retrasado mental, no cantó ni bolero ni ranchera, no bailó salsa o reggaeton alguno, ni fecundó a maestra o madre de familia de “muy altas cualidades”. Al final de la ceremonia fue invitado a saborear un banquete en su honor. Sin embargo, aduciendo apuros, se disculpó, y se mandó mudar. Los alumnos también nos retiramos, pero obligados por los maestros, quienes se encerraron en la sala de honor del plantel para devorar en privado el magnífico banquete que pagó la ultima colecta escolar.