lunes 15 de octubre de 2007

MEMORIAS ESCOLARES ...DEL PEQUEÑO CIELO AL HILARANTE INFIERNO

Crueldad Infantil
De niño me llamaban Borracho. La razón la ignoré por mucho tiempo. Yo era un asustadizo chiquillo recién llegado al tercer grado de primaria de aquel enorme colegio estatal. La primera vez que ingresé a este monstruo me sentí en otro mundo: un mundo de grandes, agresivo, adverso y violento. No se parecía en nada a la pequeña escuela donde cursé mis primeras letras.
Mi primera escuelita estaba a cargo de religiosas de origen europeo. A pesar de lo costoso de su pensión, mi padre, con mucho esfuerzo, se dio el lujo de mantenernos a mi hermano y a mí en el mencionado plantel. Allí todos los alumnos éramos llamados por nuestros nombres de pila. Las monjas jamás permitieron que sobrenombres, motes, alias o adjetivos, usurpen el lugar de nuestros signos nominales. La más severa guardiana de esa regla era la Madre Georgina. Quién se atrevía a violar dicha ordenanza, era conducido y confinado por la santa mujer a una pequeña capilla con olor a ruda y flores mustias, y obligado a rezar dos rosarios completos, bajo la atenta vigilia de la octogenaria Madre Luz. “Padre nuestro que estas en el cielo…”, “Dios te salve María…” De más está decir que la totalidad del alumnado evitaba con afán sufrir las molestias de tamaño suplicio.
Así pasaron dos años, tranquilos y sin novedad, hasta que la situación económica de mi padre empezó a declinar. Las cuentas dejaron de cuadrar, el dinero empezó a escasear y de un momento a otro nos vimos en la necesidad de mudar de colegio. La delicadeza de tratos de la escuelita adorada, contrastaron de forma violenta con las toscas maneras del enorme colegio fiscal. Me enfrenté a un ambiente diferente, hasta cierto punto hostil. Los blanquísimos rostros de mis adoradas monjitas fueron sustituidos por las duras facciones de maestros añejos, hirsutos, sudorosos y con voz de trueno. Solo fue necesario atravesar el portón de la entrada, para sentirme completamente intimidado.
La apariencia del alumnado era también muy distinto al que yo estaba acostumbrado. La uniformidad física y corporal de los niños que primaba en mi pequeña escuela, aquí no existía. Compartíamos los patios no sólo niños de primaria, sino también de secundaria. Algunos de ellos eran mucho más grandes que los maestros. Sus rostros mostraban con insolencia las marcas inequívocas de la pubertad: coloradas erupciones volcánicas en la tez, extrañas y pequeñas formas granulosas de color claro como la más barata sémola a granel, y alambrados indecentes asomaban de entre los poros de esos rasgos a modo de limaduras de hierro. Fue la primera vez que me vi cara a cara frente a un futuro no muy lejano, un futuro de acné, espinillas y vellos faciales.
Sin embargo, me habitué con rapidez. El shock de los primeros días iba cediendo y ya me animaba a reír a mandíbula suelta. Conocí buenos amigos, y junto a ellos comencé a gozar de la infinidad de sobrenombres con que eran bautizados los demás niños de mi clase.
Juan Carlos Gil era un niño a quien su madre acostumbraba a peinar con una raya recta en medio de la cabeza, él fue bautizado como “Cabeza e’ Chucha”.
A Lalo Atoche, niño delgado hasta extremos anoréxicos, lo llamamos “Pata e’ Vela” ; “Pata e’ Comba” era el mote del cojo Meneses.
Julián Ordinola, un chico que llevaba en el rostro -y el timbre de voz- la marca de un reparado labio leporino, fue conocido como “Ñaja Ñaja”.
Enrique Bulnes, con su boba mirada y cejas pobladas pasó a llamarse “Cara e’ Pedo”… la lista sería interminable, y el tiempo ahora no me sobra.
Ya pasaron más de veinte años desde aquellos días. Hace poco conversé con el “Títere” Johnny, un ex compañero bizco y chueco al andar, que me contaba que el “Duende” García había entrado a trabajar en la Morgue de Lima. Mirándonos de reojo y con ironía, nos cagamos de risa como en nuestros más tiernos años.
¿Y a mí porqué me decían Borracho? –le pregunté-. Me dio la respuesta al instante. Vaya que tenía razón. Era la misma razón por la que ahora regaño a mi hijo, para que deje de andar con el paso cojudo de un Teletubbie…

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