viernes 28 de diciembre de 2007

UNA FELIZ NAVIDAD... DESPUÉS DE TODO

Dieron las doce de la noche del 24 de diciembre. Es decir, ya era Navidad. Sin emoción evidente abracé a mi familia. Los regalos que luego me tocaron fueron horrendos: Una polera dos tallas mayor a la mía, un par de calzoncillos que me quedaron chicos, un reloj que hasta ahora no puedo echar a andar. Lo más rescatable, fue una finísima crema de afeitar. Es una lástima que yo sea lampiño. Para variar, jamás llego esa llamada especial que todos esperamos en esa noche especial. Los problemas del trabajo en esos momentos solo eran una raya más al tigre. Si le pongo una raya más al felino, este se torna en pantera.

Luego de los protocolos de ley, cena, brindis y descalabro de moños y papeles de colores opté por irme a dormir temprano. Es en ese momento que vengo a darme cuenta de lo tonto que había sido. El desgano y una supuesta decepción habían jugado con mis sentidos. Habían postergado notar el detalle más importante de aquella noche: La alegría de mis niñas.
Diana disparaba a diestra y siniestra el obturador de su nueva cámara fotográfica. Minori, desesperada, pugnaba por extraer la muñeca nueva de su empaque. Últimamente las Barbie’s llegan tan aseguradas a sus cajas, como un condenado a su silla eléctrica.
La cara de un niño abriendo regalos en la noche de navidad es algo que reconforta hasta al más pesimista. Ese fue el chispazo que salvó esta última navidad. Sin explicación alguna para el resto de mi familia, dando gracias para mis adentros por todo aquello que entendí que tenía, corrí a abrazarlos de nuevo.
Es increíble como situaciones tan tontas y sin importancia, son capaces de impedirnos notar las cosas que realmente importan en la vida: familia, salud, paz y tranquilidad. Ahora me doy cuenta que soy una de las personas más afortunadas del mundo Tengo dos pequeñas maravillosas, dos niñas que aún son sólo mías, dos niñas que aún la vida no me las quita… tanto así, que todavía pasan sus noches soñando a jugar, y acariciando la oreja raída de un viejo muñeco de peluche.

¡Gracias y feliz navidad Diana y Minori!

video


Leer más...

martes 11 de diciembre de 2007

FIEBRE DE SÁBADO POR LA TARDE

No fue mi intención. Por más que había jurado evitarlo, estoy de nuevo aquí, donde siempre terminan mis imprevistas salidas. Sonó el celular. Aún no le daba los toques finales a mi última lámina y no quise prestarle atención. Pero sonó de nuevo el maldito teléfono. ¿Quién llamará a mediodía del sábado? Por fin me animé a coger el celular y pude leer en la pantalla: Llamada de Don Potencio. Ta’ madre… ya estaba perdido. Era una llamada que nunca puedo evitar contestar.
-Oe’ loco, te habla Pedro… estoy en el hospital Rebagliati. Ya nació mi hijo. En media hora voy por tu casa para tomarnos unas chelas.
Pedro o Potencio es uno de los pocos amigos que me quedan de la niñez. Tiene una cualidad muy especial: es la única persona que con cualquier razón, buena o mala, logra acabar con mis largos periodos de abstinencia etílica. Así de sencillo.
Media hora más tarde ya estaba ocupando el asiento del copiloto de su viejo Toyota. El mismo auto que quince años atrás no solo nos transportaba, también nos servía de cantina, disco y hotel ambulante. A pesar del tiempo transcurrido, aún mantenía impregnado por todas partes el olor a trago barato, cigarros, hierba y sudor de aquellos lejanos y alocados días.
-Te felicito compadre… ya son dos hijos. Ya va siendo hora de que sientes cabeza.
Pedro me miró y empezó a reírse diciendo:
-Puede ser… pero ahora vamos por allí a huevear.
El auto marchó unas cuantas calles y se estacionó en las afueras de la bodega de la Tía Camote. Hacía un calor desesperante y Pedro empezó a fumar.
-Oe’ loco, gracias por acompañarme… estoy contento –me dijo mientras miraba concentrado elevarse el humo del cigarrillo.
-No es para menos –le dije-, un cachorro es un cachorro. No faltaba más.
Pero del niño no hablamos más. Al terminar de fumar ese cigarrillo Potencio bajó del auto y entró en la bodega. Regresó a los pocos minutos con tres cervezas heladas. En ese momento me sentí entre perdido y complacido. El calor calentaba el auto y apuré con desesperación el primer vaso de cerveza.


-Ahhh… ta’ madre… que rica está la chela –dije-. Hace más de medio año que no me meto un trago.
-¿Tu? –me preguntó con tono de burla-. No te creo ni media palabra.
-Claro pues huevón –le respondí-, aunque no lo creas hace bastante tiempo que colgué los chimpunes… ¿crees que soy como tu?
-Puta madre, si hablamos de borrachos vas a salir perdiendo –insistió.
-Jajaja… ¡salud por el cachorro! –ya estábamos embalados.
Pronto las primeras cervezas se acabaron. Llegó mi turno de meter la mano al bolsillo y fui por tres chelas más. Estas tres duraron menos. Los vasos empezaron a servirse al tope, derramando espuma. El calor sofocante de este fin de semana apuraba el brindis. El cuerpo sediento pedía cada vez más rápido el trago frío y, para variar, mantener la cerveza dentro de las botellas por mucho tiempo, hacía correr el riesgo de que la misma se calentase. Se terminaron al instante.
-Me toca, voy por más trago –dijo Pedro-, mientras abría la puerta y se encaminaba a la bodega.
La cabeza empezó a darme vueltas, pero estaba alegre. Además, aún era temprano, dos de la tarde. Potencio salió de la tienda riendo como loco. Traía una mochila al hombro.
-¡Carajo! –grité sorprendido-, ¡Has traído seis!
-¿Y…? –me dijo despreocupado-, todavía faltan las seis tuyas.
-¡Como te gusta el trago huevón! –exclamé, mientras ya alucinaba por dentro como iba a terminar todo.
Luego de esas llegaron las seis botellas mías. El licor empezó a hacer sus efectos y de un momento a otro ya estábamos cantando, riendo y piropeando a cuanta mujer pasaba cerca al auto. Una mulata cuarentona nos coqueteó a la distancia y decidió acercarse al auto; pero al llegar, y ver que quienes intentaban abordarla eran dos hombres ebrios, se puso en fuga, no sin antes decir entre dientes: borrachos de mierda.
-Mi hijo se va a llamar Javier Eduardo –dijo Pedro, mientras yo trataba de adivinar lo que hablaba. No se quien de los dos estaba mas ebrio. Él por no hablar bien, o yo por no entender una palabra. No le respondí nada.
Luego de eso Pedro aseguró las puertas y arrancó a toda velocidad el auto rumbo a su casa. Siempre solía hacer lo mismo cuando estaba de más. Era el último acto de prudencia que hacía antes de sumergirse por completo en la borrachera.
Una vez llegados a su casa bajó del auto y me invitó a pasar.
-Pasa, tengo comida de ayer –me dijo-, vamos a quedarnos un rato más.
Intenté ponerme de pie y no fue fácil. El cuerpo me tambaleaba, y veía el piso moverse, todo me daba vueltas.
-Ta’ madre… ya estoy jodido Pedro –le supliqué-, mejor lo dejamos para otro día, toda la vida me andas malogrando.
-Jajaja… si huevón, y a ti que no te gusta nadita –respondió.
-¡Ese afán tuyo de chupar hasta terminar por los suelos carajo! –protesté.
-Oe’ loco… gracias por acompañarme –me dijo de nuevo.

Con un apretón de manos nos despedimos y emprendí la penosa tarea de caminar las nueve calles hacia mi casa. Por el camino los perros me ladraban, como a un drogadicto, y las mujeres, evitando toparse conmigo, me esquivaban con terror y desprecio.
Al llegar subí rápido y silencioso a mi habitación para evitar ser descubierto por mi familia. Desamarré como pude los pasadores de mis botines y los tiré debajo de la cama. Me acosté aliviado, pensando que ya pasarían el malestar y la fatiga que dominaban mi cuerpo.
Por fin a descansar. Un buen día de relax no tiene mejor cierre que meterse a la cama temprano, alcancé a pensar mientras me echaba. Estaba equivocado. En décimas de segundo paso de estar echado a sentado, con los ojos abiertos y tapándome la boca con las manos aterrorizado.
¡Carajo, lo mismo de siempre! Los ocho pasos que separan mi habitación del cuarto de baño los salvo de un salto. Todas las malditas veces que salgo de improviso, y con Pedro, terminan exactamente igual. Arrodillado, el paladar avinagrado, la cara metida en el inodoro, mirando asqueado los restos del desayuno que voy arrojando, bramando desesperado y metiéndome el dedo a cualquier agujero, para apurar con violencia, el desalojo del vómito brutal que me domina… ¡Pedro conche’ tu…!


boomp3.com

Leer más...

viernes 7 de diciembre de 2007

GENARO PÁGAME MI PLATA...!

Échale tierra compadre… Genaro ha demostrado ser peor que Carlos Manrique en el arte del "perro muerto". Muchos dirán: Noooo… como Manrique ninguno; sin embargo, no se han puesto a pensar en detalles simples –y a la vez alarmantes-, que PapaUpa en vez de esconder, exhibe con enorme descaro, haciendo de estos detalles las muestras de un poder enorme, solo comparable con su cinismo.
Por ejemplo, ¿a qué canal de televisión les han dado entrevistas Alan García y Alejandro Toledo en este año? …a Panamericana Televisión.
A pesar del sin fin de denuncias por maltrato laboral que enfrentan sus empresas, ¿alguna de ellas ha sido fiscalizada de verdad por el Ministerio de Trabajo?
En cuánto a la millonaria deuda que tiene Panamericana con el Estado, ¿se ha amortizado alguna cantidad?¿Por qué siempre gana los juicios? ¿Por qué es intocable?
Aún más, el Broadcaster se pasea por Palacio de Gobierno, El Congreso de la República y casi todos los entes estatales como Pedro en su casa, fresco y orondo. Los problemas de sus trabajadores [y ex trabajadores] impagos no le interesan.
Échale tierra compadre, a pesar que tu idea es buena, esta no va a funcionar hasta que los cientos de personas que están en la misma situación que tú, se pongan las pilas y sigan a todas sus cámaras… puede ser que el aburrimiento y la vergüenza logren lo que no pudo ningún órgano de control estatal…
Aquí va el videíto del "acreedor"...uno de los muchos. (Fuente: YOUTUBE.COM/Snicker25)


Para esta ocasión, no caería mal una cancioncita de Shakira, hasta parece una dedicatoria especial...

boomp3.com

Leer más...