Hace calor, cuando niño en estos momentos ya estaría tirado en la arena panza arriba. Ahora no puedo. No es porqué las ganas se hayan ido; sino por la sencilla razón que el mar de Barranco ya no es de los barranquinos.
Recuerdo mis primeras y solitarias caminatas a la orilla del mar. No hacía falta mayor excusa que un querer estar a solas para planear mi excursión. Me ponía al vuelo los pantalones cortos, echábame al hombro la mas vieja de mis camisas, y pies descalzos, salía corriendo rumbo al malecón. A veces, a mitad del camino, la conciencia me recordaba que no bastaba una simple nota dejada en la mesa para evitar que la vieja se preocupara… "Mamá voy donde Pedro a jugar Atari". ¡Qué chucha, bien valía la pena ser castigado!
A la altura de la casa de Vargas Llosa el malecón se abría en un magnífico parque, en forma de media luna, en todo su centro convexo el barranco descendía menos pronunciado. Miles de pisadas habían formado una senda por donde los chicos bajábamos a la playa. Que placer era llegar allí, mirar con desprecio el peligro de la pendiente y bajar corriendo, elevando nubes de polvo con cada paso que dábamos, mientras las ratas enormes corrían a refugiarse espantadas debajo de las campanillas o la maleza. Otras veces nos caía una lluvia de piedras lanzadas por un demente que habitaba muy cerca, un cuchitril de cartones y trapos viejos; al mismo tiempo que nos lapidaba, chillaba: ¡Fueeera mierdas… fueeera!
Una vez llegado a la playa aspiraba la brisa con deleite y me amarraba la camisa al brazo. Así, sin nada que cuidar y mucho menos que perder, me adentraba a saltos corridos en el mar. Nunca asistí a clase de natación alguna, pero la tranquilidad de ese mar juguetón me hacía creer ser un moderno aquaman. ¡Qué rico era bucear en sus aguas tibias, correr con una paleta en la mano sus olas y hacerse el cojudo al chocar varias veces con una chica bonita! Luego del chapuzón emprendía la jornada exploradora. Nada era más fascinante que buscar caracoles en los espigones de piedra que limitaban una playa de otra, aunque había que tener mucho cuidado. De vez en cuando una ola golpeaba con fuerza contra las rocas, y si tenía la mala suerte de hallarme en el camino de la misma no evitaría jamás un doble golpazo en el cuerpo, digo doble pues primero te golpeaba el agua, aventándote con fuerza hasta estrellarte contra las piedras. Otras veces atisbaba bajo las rocas y podía encontrar restos de cordeles de pesca casi nuevos, que de seguro eran perdidos por unos viejos que llegaban al amanecer a la playa para pescar tramboyos y lizas. Todos estos cachivaches (que así los llamaba mi vieja) los guardaba en una lonchera de plástico que encontré otra vez en la lagunita de agua dulce que se formaba en el centro de la playa. Ese lugar era usado por los chicos como piscina, ya que de tiempo en tiempo el agua salada y el calor sofocante parecían estresar la piel y no había mayor placer que echarse a nadar en esa poza de agua tibia y libre de sales (quién sabe si libre de orines). Avanzando más al sur, con dirección a Chorrillos, se vio por algún tiempo los restos de un cetáceo que, habiendo sido varado por el mar, iba descomponiéndose poco a poco. A pesar del fuerte olor, la vista completa de ese blanco esqueleto, cerraba con broche de oro toda aquella aventura “descubridora”.
Dicen que Barranco antes fue un lugar de ensueño. Los Baños de Barranco eran una estructura metálica enorme que, a modo de glorieta, se adentraba en el mar para brindar a los bañistas la fantasía de retozar en balcones marinos. En mis días de infancia ya de ello no quedaba nada. A cada cierta distancia solo se podía ver algunos fierros podridos, carcomidos por el agua, la brisa, el tiempo y el olvido. Tiempo después la bajada de tierra fue reemplazada por una escalera de concreto y señalizada, que hacía más seguro el descenso. Con esa facilidad, más tarde hasta las viejas se animaban a bajar a la playa a relajarse de la rutina de ollas, bateas y escobillas de lavar.Hoy todo eso ha cambiado. Cierto día las escaleras de descenso a la playa amanecieron destruidas, dijeron que un "derrumbe" en el acantilado produjo su colapso. Al mes siguiente se iniciaron trabajos de “infraestructura” en la playa, y cuando estuvieron concluidos, se dio la noticia que el gobierno municipal había cedido los terrenos para construir un complejo turístico en favor de los mismos barranquinos. No ha pasado nada de eso. Simplemente ya no tenemos playas. Varios restaurant’s y clubes particulares han tomado por asalto las áreas públicas y construido sus instalaciones a lo largo de casi toda la orilla. El sueño de repetir como mis hijas el hueveo de mi niñez, sencillamente, ya no se dará...
Una vez llegado a la playa aspiraba la brisa con deleite y me amarraba la camisa al brazo. Así, sin nada que cuidar y mucho menos que perder, me adentraba a saltos corridos en el mar. Nunca asistí a clase de natación alguna, pero la tranquilidad de ese mar juguetón me hacía creer ser un moderno aquaman. ¡Qué rico era bucear en sus aguas tibias, correr con una paleta en la mano sus olas y hacerse el cojudo al chocar varias veces con una chica bonita! Luego del chapuzón emprendía la jornada exploradora. Nada era más fascinante que buscar caracoles en los espigones de piedra que limitaban una playa de otra, aunque había que tener mucho cuidado. De vez en cuando una ola golpeaba con fuerza contra las rocas, y si tenía la mala suerte de hallarme en el camino de la misma no evitaría jamás un doble golpazo en el cuerpo, digo doble pues primero te golpeaba el agua, aventándote con fuerza hasta estrellarte contra las piedras. Otras veces atisbaba bajo las rocas y podía encontrar restos de cordeles de pesca casi nuevos, que de seguro eran perdidos por unos viejos que llegaban al amanecer a la playa para pescar tramboyos y lizas. Todos estos cachivaches (que así los llamaba mi vieja) los guardaba en una lonchera de plástico que encontré otra vez en la lagunita de agua dulce que se formaba en el centro de la playa. Ese lugar era usado por los chicos como piscina, ya que de tiempo en tiempo el agua salada y el calor sofocante parecían estresar la piel y no había mayor placer que echarse a nadar en esa poza de agua tibia y libre de sales (quién sabe si libre de orines). Avanzando más al sur, con dirección a Chorrillos, se vio por algún tiempo los restos de un cetáceo que, habiendo sido varado por el mar, iba descomponiéndose poco a poco. A pesar del fuerte olor, la vista completa de ese blanco esqueleto, cerraba con broche de oro toda aquella aventura “descubridora”.
Dicen que Barranco antes fue un lugar de ensueño. Los Baños de Barranco eran una estructura metálica enorme que, a modo de glorieta, se adentraba en el mar para brindar a los bañistas la fantasía de retozar en balcones marinos. En mis días de infancia ya de ello no quedaba nada. A cada cierta distancia solo se podía ver algunos fierros podridos, carcomidos por el agua, la brisa, el tiempo y el olvido. Tiempo después la bajada de tierra fue reemplazada por una escalera de concreto y señalizada, que hacía más seguro el descenso. Con esa facilidad, más tarde hasta las viejas se animaban a bajar a la playa a relajarse de la rutina de ollas, bateas y escobillas de lavar.Hoy todo eso ha cambiado. Cierto día las escaleras de descenso a la playa amanecieron destruidas, dijeron que un "derrumbe" en el acantilado produjo su colapso. Al mes siguiente se iniciaron trabajos de “infraestructura” en la playa, y cuando estuvieron concluidos, se dio la noticia que el gobierno municipal había cedido los terrenos para construir un complejo turístico en favor de los mismos barranquinos. No ha pasado nada de eso. Simplemente ya no tenemos playas. Varios restaurant’s y clubes particulares han tomado por asalto las áreas públicas y construido sus instalaciones a lo largo de casi toda la orilla. El sueño de repetir como mis hijas el hueveo de mi niñez, sencillamente, ya no se dará...









8 Atrevidos:
Las cosas simples de la vida, sin gastar un mango, uno se la puede pasar de la hostia, si es que quiere.
Saludos.
A mi me encanta barranco en serio.. es lindo me parece genial... me gusto eso de piratas de barranco...
Aquellos tiempos...
Barranco, barrio tradicional, me encanta cada vez que puedo me escpo por allí.
Saludos
las playas de abajo jamás pierden el encanto, yo siempre vuelvo, sobretodo por la sensación de "bajar" y la aventura, que lástima que cada vez hay menos de eso.
Bonitos recuerdos. Lástima las cosas no se quedan como uno las conoció, pero para eso Dios nos dió la memoria. De todas formas, con el paso del tiempo, puedes contárselas a tus hijos con un poquito de exageración y dormirlas soñando en lo que viviste.
Así me hacía mi papá. Saludos peruano, se te quiere pelao!!
Pasu!... a todos les gusta Barranco, yo pensé que ya había pasado de moda. Gracias Allan, Carla, Truly, Hot Woman, Merme y Ninfa (aunque eres panameña y no lo conoces, se que te gustaría).
memorable barranco... No ha pasado para nada de moda. Yo cada vez que voy a Lima me doy un salto por allá.
Chévere el post. Dracias por comentar. Espero vuelva más seguido...
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