martes 29 de enero de 2008

CUANDO ALAN GARCÍA REGRESÓ AL COLEGIO

Los traumas en la infancia a veces suelen ser insuperables

Las apariciones de nuestro presidente cada día son mas graciosas. En mis tiempos no era tan divertido. De hecho, verlo la primera vez resulto ser una experiencia terriblemente aburrida. Era noviembre del año 84 -si la memoria no me falla-, y el candidato presidencial Alan García Pérez venía de visita al antiguo colegio donde cursara sus estudios primarios.

Para tan digna ocasión sólo fuimos invitados los profesores y los estudiantes que teníamos la infame fortuna de ocupar los primeros puestos del cuadro de honor de cada clase. La visita estaba programada para las nueve de la mañana. A los alumnos nos citaron desde las siete, para ensayar las marchas premilitares y pasos redoblados de ley, que luciríamos frente al futuro presidente de la nación. De más está decir que muchos de nosotros habíamos llegado a la cita con un desayuno apurado.
Eran las once de la mañana y el ilustre visitante no llegaba. Cientos de alocadas madres de familia aguardaban en la puerta del colegio, esperando histéricas y emocionadas al buen mozo político que ya para ese entonces amenazaba convertirse en el próximo presidente de la república. La espera proseguía mientras el calor se volvía insoportable.
Mantenerse parado por más de cuatro horas en esa rígida formación escolar empezó a causar estragos: mi amigo Humberto vomito huevos fritos; el gordo Ricardo se desplomó desmayado producto del ayuno que su madre lo obligó a pasar para evitar llegar tarde al acto; yo descubrí esa vez que el mar de camisas blancas resplandeciendo en el sol de mediodía (maldito Ariel blanqueador) me producía náuseas, mareos, pérdida de la visión y unas ganas terribles de encajar un cabezazo en los testículos de ese político de porquería.
A las doce con treinta minutos por fin llegó. Las madres de familia en la puerta gritaban alocadas como fans enamoradas, un batallón de guardaespaldas iba por delante y detrás del ilustre ex-alumno atropellando, empujando y pisando a quién se acercara demasiado. Una vez instalado en el apolillado estrado oficial del colegio, los alumnos sobrevivientes a la espera desfilamos delante de él, gallardos y marciales, con la expresa misión de levantar las piernas muy por encima del trasero del compañero que teníamos delante.
La ceremonia se dio sin contratiempos. En su discurso, Alan García recordó a viejos maestros y antiguos compañeros. ¡Que aburrido!... por esos días debió haber tenido alguna cura del sueño o algo parecido pues no estatizó el kiosco de golosinas, no pateó a ningún retrasado mental, no cantó bolero ni ranchera, no bailó salsa o reggaeton alguno, ni fecundó a maestra o madre de familia de “muy altas cualidades” que pululara por el lugar. Al final de la ceremonia fue invitado a saborear un banquete en su honor. Sin embargo, aduciendo apuros, se disculpó, y se mandó mudar. Los alumnos también nos retiramos, pero obligados por los maestros, quienes se encerraron en la sala de honor del plantel para devorar en privado el magnífico banquete que pagó la ultima colecta escolar.

¡Pues claro que ahora es más divertido! ¿O caradura?

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sábado 19 de enero de 2008

BARRANCO... DÍA DE PLAYA

Hace calor, cuando niño en estos momentos ya estaría tirado en la arena panza arriba. Ahora no puedo. No es porqué las ganas se hayan ido; sino por la sencilla razón que el mar de Barranco ya no es de los barranquinos.

Recuerdo mis primeras y solitarias caminatas a la orilla del mar. No hacía falta mayor excusa que un querer estar a solas para planear mi excursión. Me ponía al vuelo los pantalones cortos, echábame al hombro la mas vieja de mis camisas, y pies descalzos, salía corriendo rumbo al malecón. A veces, a mitad del camino, la conciencia me recordaba que no bastaba una simple nota dejada en la mesa para evitar que la vieja se preocupara… "Mamá voy donde Pedro a jugar Atari". ¡Qué chucha, bien valía la pena ser castigado!

A la altura de la casa de Vargas Llosa el malecón se abría en un magnífico parque, en forma de media luna, en todo su centro convexo el barranco descendía menos pronunciado. Miles de pisadas habían formado una senda por donde los chicos bajábamos a la playa. Que placer era llegar allí, mirar con desprecio el peligro de la pendiente y bajar corriendo, elevando nubes de polvo con cada paso que dábamos, mientras las ratas enormes corrían a refugiarse espantadas debajo de las campanillas o la maleza. Otras veces nos caía una lluvia de piedras lanzadas por un demente que habitaba muy cerca, un cuchitril de cartones y trapos viejos; al mismo tiempo que nos lapidaba, chillaba: ¡Fueeera mierdas… fueeera!
Una vez llegado a la playa aspiraba la brisa con deleite y me amarraba la camisa al brazo. Así, sin nada que cuidar y mucho menos que perder, me adentraba a saltos corridos en el mar. Nunca asistí a clase de natación alguna, pero la tranquilidad de ese mar juguetón me hacía creer ser un moderno aquaman. ¡Qué rico era bucear en sus aguas tibias, correr con una paleta en la mano sus olas y hacerse el cojudo al chocar varias veces con una chica bonita! Luego del chapuzón emprendía la jornada exploradora. Nada era más fascinante que buscar caracoles en los espigones de piedra que limitaban una playa de otra, aunque había que tener mucho cuidado. De vez en cuando una ola golpeaba con fuerza contra las rocas, y si tenía la mala suerte de hallarme en el camino de la misma no evitaría jamás un doble golpazo en el cuerpo, digo doble pues primero te golpeaba el agua, aventándote con fuerza hasta estrellarte contra las piedras. Otras veces atisbaba bajo las rocas y podía encontrar restos de cordeles de pesca casi nuevos, que de seguro eran perdidos por unos viejos que llegaban al amanecer a la playa para pescar tramboyos y lizas. Todos estos cachivaches (que así los llamaba mi vieja) los guardaba en una lonchera de plástico que encontré otra vez en la lagunita de agua dulce que se formaba en el centro de la playa. Ese lugar era usado por los chicos como piscina, ya que de tiempo en tiempo el agua salada y el calor sofocante parecían estresar la piel y no había mayor placer que echarse a nadar en esa poza de agua tibia y libre de sales (quién sabe si libre de orines). Avanzando más al sur, con dirección a Chorrillos, se vio por algún tiempo los restos de un cetáceo que, habiendo sido varado por el mar, iba descomponiéndose poco a poco. A pesar del fuerte olor, la vista completa de ese blanco esqueleto, cerraba con broche de oro toda aquella aventura “descubridora”.
Dicen que Barranco antes fue un lugar de ensueño. Los Baños de Barranco eran una estructura metálica enorme que, a modo de glorieta, se adentraba en el mar para brindar a los bañistas la fantasía de retozar en balcones marinos. En mis días de infancia ya de ello no quedaba nada. A cada cierta distancia solo se podía ver algunos fierros podridos, carcomidos por el agua, la brisa, el tiempo y el olvido. Tiempo después la bajada de tierra fue reemplazada por una escalera de concreto y señalizada, que hacía más seguro el descenso. Con esa facilidad, más tarde hasta las viejas se animaban a bajar a la playa a relajarse de la rutina de ollas, bateas y escobillas de lavar.Hoy todo eso ha cambiado. Cierto día las escaleras de descenso a la playa amanecieron destruidas, dijeron que un "derrumbe" en el acantilado produjo su colapso. Al mes siguiente se iniciaron trabajos de “infraestructura” en la playa, y cuando estuvieron concluidos, se dio la noticia que el gobierno municipal había cedido los terrenos para construir un complejo turístico en favor de los mismos barranquinos. No ha pasado nada de eso. Simplemente ya no tenemos playas. Varios restaurant’s y clubes particulares han tomado por asalto las áreas públicas y construido sus instalaciones a lo largo de casi toda la orilla. El sueño de repetir como mis hijas el hueveo de mi niñez, sencillamente, ya no se dará...

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miércoles 9 de enero de 2008

MAS CHANCHO IMPOSIBLE

A los 18 años, yo era un flacuchento... jamás se me hubiese pasado por la cabeza pesar mas de 58 kilos. En ese tiempo, eso sería como alucinar a Laura Bozzo en el cuerpo de Tongo.

La mayoría de los últimos posts que he leído entre los bloggers peruanos, coinciden en algo: cada uno, y a su manera, hacen una notoria mención de la necesidad de lucir una esbelta figura en el verano que empieza a cocinarnos.
Carmendelly narra una que otra incidencia en la vida de la gimnasta compulsiva, aquella de carnes firmes y formidables, capaces de provocar las muestras más grandes de admiración entre los hombres, y envidia en las mujeres; R4f43l parece narrar un soliloquio triste tenido frente al espejo -como el que tengo a diario al terminar de ducharme-; Renato Cisneros hace lo propio, aunque de forma más libre, al más puro estilo Beach Boy’s; Mariella aborda el tema de modo más serio, imponiéndose un reto personal… reto que yo mismo me impuse, y que ahora, guatón y derrotado, no deja de producirme una carcajada.


A Licety la conozco hace poco más de un año. Es la chica que administra las cabinas de Internet que yo visitaba antes de tener la conexión en casa. Así pues, a medida que crecía mi adicción al chat y los juegos en red, crecía la confianza entre los dos. Hoy, a pesar de tener el vicio en casa, no dejo de visitarla a menudo para conversar de cualquier cosa y con la plena seguridad de reírme un buen rato en la compañía de alguien que disfruta de las mismas trivialidades que yo.
-Oye Oscar, estás panzón.
¡Carajo! …la flaca me dio la puñalada. Hace tiempo que me había dado cuenta de eso, pero… ¿acaso la condenada tenía que ser tan directa? ¿acaso no bastaba caminar erguidito, metiendo con disimulo la guata y ajustar asolapadamente la correa para pasar piola?
-No Oscar, de verdad… estás bien gordito.
Cambió el tono de sus palabras, pero a la larga, me dejó más cagado que los calzoncillos de Guayabera Sucia. El hecho es que la flaca me dejó traumado. Salí de las cabinas corriendo y derechito me fui a la farmacia del costado. Una inmaculada balanza digital, por la módica suma de un nuevo sol me daría mi peso, talla, y un cálculo exacto de cuanto debería pesar en proporción a mi estructura ósea (vaya floro).

Su talla es 1.70 m, su peso es 80.2 kg.
Su peso debe variar entre 66 kg y 70 kg.
Gracias por su preferencia.


Don Juan Capuñay es un viejo setentón, y una de las glorias vivas del callejón de Los Intocables. A fuerza de mucho empeño, trabajo y sacrificio pudo montar un modesto gimnasio en el patio de su casa, que con el tiempo, se fue ampliando hasta convertirse en todo un edificio de cuatro pisos dentro del callejón. Sin embargo, el acceso a sus instalaciones estaba muy restringido. Desde hace varios años, el callejón de Los Intocables se hizo fama de reducto de gente de mal vivir. La fauna social, típica del lugar, estaba constituída por prostitutas, drogadictos, ladrones, rateros, choros y cogoteros que pululaban por buena parte del viejo Barranco y Surco pueblo. No eran raras las incursiones y pesquisas policiales al interior de su perímetro de adobones. Un buen día los vecinos empezaron a protestar, se organizaron, y armados de piedras y palos, expulsaron a toda esa escoria social que se había apoderado de las pampas y zanjas que, al interior del callejón, les servía de guarida y refugio. Don Juan, como el hombre más respetable del lugar, asumió las funciones de jefe de seguridad del comité vecinal. Se montó un puesto de vigilancia a la entrada del lugar (que no era otra cosa que un apolillado kiosco de planchas de triplay y cartones reciclados), y pusieron de guardias a las mujeres más viejas, cucufatas y chismosas del comité. Con semejante cuerpo de vigilancia, la expulsión definitiva de la gente de mal vivir estaba garantizada. Por la misma razón, Don Juan hizo mucho mas refinado el filtro que cernía la clientela que pedía acceder a los servicios de su gimnasio.
-Buenas noches señor, ¿usted es Don Juan Capuñay? –pregunté-, Yo soy Oscar C… vengo recomendado por Cesar Bianchi, el peluquero.
-¡Ah Cesitar! –respondió-, muy buena persona, aparte de buen pastor evangélico. ¿En qué puedo servirlo? –continuó-, ya es tarde y estaba a punto de irme a dormir.
-Venía a inscribirme en su Gimnasio Don Juan –le respondí-, Cesar me dio razón de él y me dijo que le avise que venía de su parte, ya que usted sólo acepta previa recomendación.
El viejo me miró de pies a cabeza sin disimular su desgano. Luego me dijo:-Muy bien joven, puede venir a conversar mañana temprano que yo lo estaré esperando. Pero antes déjeme darle un consejo:

Por más urgente que sea la situación,
jamás vuelva a tocarme la puerta
pasada las doce de la noche…


Ingresé al gimnasio un día martes a las cinco de la tarde, habiendo pagado dos meses por adelantado de instrucción, y estrenando shorts, zapatillas, polera y calcetines nuevos recién compradas en el mercado del barrio.
-Lo primero que vamos hacer serán abdominales –dijo Don Juan, señalándome la guata.
No recuerdo bien cuantas veces flexioné aquella parte del cuerpo que en las clases de primaria los maestros nos enseñan a llamar tronco. Al comienzo fue fácil, pero a medida que iba acabando cada una de las secuencias que el viejo maestro ordenaba, mis ímpetus se iban menguando. El sudor corría a chorros por todo mi cuerpo y empezaba a sentir mareos. “Tu puedes Oscar… sigue, no pares” pensaba para mis adentros. “Malditas cervezas, malditos cigarros… malditos quince años de pereza y gula”, empezaba a maldecir, mientras se me entumecían las piernas. Sin embargo, no me daba por vencido. “Muy bien, ahora de costado… bravo, ahora levanta las piernas… excelente, ahora coloca las rodillas arriba… las piernas abiertas, treinta veces, vamos… uno, dos, tres…” el viejo jijuna me movía a su antojo, como un depravado a una puta. Pero pasé la primera prueba.
-Ahora trabajaremos hombros, espalda y brazos –sentenció el viejo.
Pasamos a otro ambiente del gimnasio que se hallaba cubierto de espejos. Cogí unas mancuernas del suelo y observé mi imagen reflejada: bañado en sudor y con pesas en las manos mi porte me pareció de lo más viril. Me gustó. “¡No… esas no!... esas mancuernas son para damas… coge las otras, las más grandes”, el maldito me devolvió a mi realidad. “Ahora, con esa pesa grande flexiona los brazos hasta el pecho… treinta veces… vamos…” Yo empezaba a desfallecer, y vinieron muchas rutinas. “Ahora, recostado sobre esa banca, levanta las mancuernas… treinta veces… con firmeza… vamos… uno, dos, tres…” Cada vez, más al borde del desmayo, empezaba a temblar. Una mancuerna se me resbaló de las manos y (recostado como estaba) por poco me rompe la cara. Al ser rezongado por el viejo, esta vez pensé para mis adentros: “Calla viejo conch…”.
-Vamos a ver como estamos de piernas -amenazó, señalando mis miembros inferiores.
“Ahora, sentadillas… coge esa pesa, llévatela a los hombros y empieza…” Las primeras secuencias las hice con mucho esfuerzo. Pero a la quinta, me fui de culo contra el suelo. Reincorporarme se me hacía difícil. Allí quedaron mis últimas energías. “Creo que por hoy basta… regresa el jueves, y con ganas, porque aumentaremos cada secuencia”. Tambaleándome, llegué a duras penas a casa, con el firme propósito de hacerlo mejor la próxima vez.

Hoy es jueves, y me siento como si me hubiese aplastado un tanque. Quitarme una camisa se me hace una tarea muy dolorosa. Pienso en el viejo y su risa burlona al despedirme, viendome bajar las escaleras abrazado al pasamanos. Mentalmente lo mando al carajo: “Que regrese tu madre… viejo jijuna… por mí, quédate con mi plata y metete tus mancuernas por donde no te da el sol…”
Licety me mira ahuevado y adolorido.
-Nunca pensé que fueras tan llorón –me recrimina.
-Cojuda, por tu culpa me metí en esta huevada –le respondo-, ahora te jodes y empiezas a hacerme unos masajes.
La flaca se da media vuelta y se larga… se larga veloz, riéndose a carcajadas.

boomp3.com


A continuación la publicidad de Brahma Perú que nos levantó la moral todo el verano pasado.


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